Daniel Tordera - Autor




Per Aspera Ad Astra

1.

Nunca han dejado de fascinarme.

Recuerdo aquellas noches de verano, aquellas noches en las que mi padre me llevaba a ver las estrellas. Él dibujaba líneas imaginarias y me contaba historias de seres fantásticos. De héroes, gigantes, reyes y dioses. Y yo pensaba “algún día estaré cerca de ellas”. A veces, cuando San Lorenzo lloraba, contábamos sus lágrimas y pedíamos deseos. Por más que insistía, nunca me contaba los suyos, siempre me repetía que era necesario guardárselos para que se cumpliesen. Sé que él pensaba en mamá. Yo siempre pedía lo mismo.

“Algún día estaré cerca de ellas”.

Noto cómo el sudor se acumula en mi frente, hace calor y estoy muy nervioso. Intento controlar mi respiración para calmarme. El casco se empaña con cada exhalación, pero el vidrio antivaho me devuelve la visión al instante.

Ahí están. Igual de lejos que siempre, pero más cerca que nunca.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —la voz de Matt me llega a través de los auriculares. Él también está lejos, en el centro de control, pero lo siento cerca de mí. Tantos años juntos y por fin podemos cumplir nuestro sueño.

Tras sus palabras de ánimo, empieza la cuenta atrás. Al llegar al cuatro noto cómo todo lo que me rodea empieza a agitarse. En el cero el empuje me clava contra el asiento.

El cielo se va acercando poco a poco. Cierro los ojos y veo a mi padre hablándome de Orión, de Casiopea y de las Pléyades.

Un ruido de alarma me saca del trance. Las luces parpadean y los monitores se apagan.

—Houston ¿Qué sucede? —intento contactar con el centro de control.

No recibo respuesta. De repente siento un calor abrasador. El dolor dura solo unos instantes.

Espero poder formar parte de ellas.

 

2.

—Mañana va a ser un gran día —fue lo último que dijo antes de apagar la luz. Después me besó y rodeó mi cintura con su mano. A los pocos segundos ya respiraba profundamente.

Siempre he envidiado esa facilidad para conciliar el sueño.

“Mañana va a ser un gran día” me dijo, y sé que está orgullosa de mí. Yo también debería estarlo. “Jefe de Misión”. Sin embargo, no pegué ojo en toda la noche pensando en que debería estar donde estás tú. Ese, y no otro, es el lugar que me corresponde. Es mi sueño. Siempre lo ha sido.

Te veo en mi pantalla, ahí, con tu casco reluciente y tu traje blanco. Apunto de tocar el cielo, literalmente. Y no puedo evitar pensar por qué tú, y no yo. Tantos años estudiando, tantas noches sin dormir y tantos sacrificios: amigos, fiesta, viajes, novias, experiencias que me son ajenas. Al tiempo que tú, que tan fácil te resultaba todo, no hacías más que salir y disfrutar de la vida. Al final fui el primero de la promoción, pero no sirvió de nada. Sé que tú no tienes la culpa de que tenga que llevar gafas, razón suficiente para no pasar las pruebas. En todo caso la culpa se la debería echar a mi genética, a los ancestros de los ancestros de mis ancestros, pero sé que de no estar tú sería yo el que estuviese ahí sentado. Esa gloria me pertenece, y ahora va a ser toda tuya.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —y en el fondo pienso que ojalá la misión se aborte. No debería de pensar eso, es mi misión. Aun así, no puedo evitarlo.

Inicio la cuenta atrás. Al llegar al cero tu nave despega.

Es mi misión, pero es tu nave.

Veo alejarte hacia el cielo. Todo el mundo aplaude y celebra. Me quito los auriculares, me doy la vuelta y me dirijo a la puerta. Entonces, oigo un grito sobrecogedor

Me giro justo para alcanzar a ver en la pantalla cómo tu nave explota en pedazos.

Reina el caos. La gente se mueve de un lado a otro, hablan en voz alta, algunos lloran, otros se llevan las manos a la cabeza. Yo estoy quieto, en silencio, con la mirada aún fija en la pantalla. Todos esos pensamientos de antes han dado lugar a uno solo, una sola idea que ocupa toda mi mente.

Es culpa mía.

 

Per Aspera Ad Astra

Yosemite, 02/07/2013


Fecha: 14.03.2021

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Relato Interactivo: El Reloj de tu Abuelo

He escrito un relato interactivo titulado «El Reloj de tu Abuelo» y que podéis leer en este enlace.

Hace tiempo me llegó por Twitter la convocatoria a un concurso de cuentos de Navidad organizado por Zenda Libros y no pude resistirme a escribir algo. Supongo que algo influido porque esa misma noche había visto el capítulo interactivo Bandersnatch de Black Mirror, decidí escribir mi relato dándole opciones al lector para elegir el final. La tarea fue algo difícil ya que estaba limitado a 1000 palabras (y escribí 990). Aun así, arriba podéis ver el resultado y explorar los 3 posibles finales en esta paradoja temporal.

Para los más curiosos, este fue el esquema inicial de la historia (sí, no destaco precisamente por la belleza de mi caligrafía…).


Fecha: 28.02.2021

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Luces

Una bañera en un campo verde.

Y me pregunto qué sería estar desnudo dentro de ella. Bañarse bajo la lluvia, purificarse con ese agua. Empaparse de naturaleza. Inspirar ese olor a hojas y hierba húmeda. Olvidar por un momento mi lugar en el mundo.

Pero al escribir esta última frase hace ya rato que el tren ha pasado de largo ese campo verde y esa bañera. Y así con todo. El tiempo camina y todo va quedándose atrás. Deseo apagarlo. Apagarlo para siempre. Poder bajarme de él.

Mi hoja de credenciales está vacía. Suspenso en logros. Suspenso en libertad. Los peores nudos son invisibles y no sé ni por dónde empezar. A veces la sensatez puede confundirse con la cobardía. Y aquí sigo, dejando que los campos verdes con sus bañeras vayan quedándose atrás. Siguiendo sin saber lo que es bañarse bajo la lluvia.


Fecha: 07.02.2021

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Colonizadores

El agua espantaba a las avispas escondidas bajo las hojas. Alfonso se paseaba comprobando el estado de los cultivos. Las plantas crecían fuertes y pequeños tomates, aún verdes, comenzaban a poblar las ramas. Esther asomó por la puerta y se quedó observando a su marido. Alfonso se percató de su presencia, le dedicó una sonrisa y se acercó a ella.

—¿Cómo está Byron? —Acarició la barriga de su esposa.

—Hoy no ha dado guerra.

“Guerra” pensó él, y en un acto reflejo levantó la mirada hacia la ventana cenital del módulo botánico. La Tierra no era ya más que un punto en el firmamento.


Fecha: 17.01.2021

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Rojo y Negro

Cuando se fue lo único que dejó atrás fue un libro.

“Stendhal, Rojo y Negro” rezaba en la portada sobre un fondo de lo que parecía ser una escena campestre dibujada por algún famoso artista francés del siglo diecinueve. Ni reconocía al pintor ni había leído nada de este supuesto escritor. Ella, en cierta ocasión, había mencionado ese nombre. Afirmaba que sufría el síndrome de Stendhal. Yo le preguntaba si aquello era contagioso y ella reía –siempre lograba arrancarle alguna carcajada gracias a, o a pesar de, mi ignorancia. Luego me daba un beso en la frente. “No seas bobo”, y me llevaba de la mano a la cama.

Nunca intenté llenar ese vacío que quedó entre nuestras sábanas con otra mujer –para mí habría sido un sacrilegio– pero sí que probé a hacerlo con botellas. Había noches que aquello se convertía en una auténtica orgía. Siempre con mayores de edad, eso sí, tenía especial predilección por el Macallan de dieciocho años. Pero cuanto más me hundía en los efluvios etílicos más acusaba su ausencia.

A veces releía la nota que había dejado escrita, asomando entre las páginas del libro. “Ojalá encuentres la inspiración que necesitas en este libro”. No me dejó por perdedor, sino por causa perdida. Ella decía que yo tenía una inteligencia y unas aptitudes innatas, pero que desperdiciaba mi tiempo en los placeres más simples. Como la típica historia del macarra de barrio con la señorita refinada y culta, pero con la diferencia de que no era el tipo quien le partía el corazón a la chica, más bien al contrario.

Durante meses no me atreví a leer ni una sola página del libro. Ya he dicho que no era muy aficionado a la lectura pero no era esta la razón de mi bloqueo. Era verlo y mis ojos se empañaban. Causa y efecto. Llegué a esconderlo debajo de la cama para que mi mirada, en los vaivenes descontrolados de la embriaguez, no lo encontrase.

Pero un día hablando con uno de los parroquianos –aquel que respondería al perfil de filósofo callejero– en aquel bar en el que solía cobijarme las noches que no soportaba la soledad, surgió el tema del libro. “Es una historia sobre las ambiciones de un chaval, Julien creo que se hace llamar, que lucha para salir de la pobreza en la que ha nacido”. Entendí entonces que ese era el mensaje que ella quería hacerme llegar con el libro. Su marcha no era una despedida definitiva, me había dejado la clave para poder volver a recuperarla. Para ser un hombre de provecho. O eso creí entender.

Resulta que al final el tal Julien es guillotinado. Comprendí entonces que eso era lo que ella había querido hacerme entender en realidad. Ahora, con veinte Prozacs nadando en mi estómago no puedo sino dejar de pensar que quizás ella también venga, coja mi cabeza y me dé besos en la frente.


Fecha: 02.12.2020

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