Daniel Tordera - Autor

Casa Tomada de Julio Cortázar

Final de Casa Tomada por Julio Cortázar

 

Tal día como hoy, hace 35 años, muere Julio Cortázar.
En la foto, el final de su relato Casa Tomada, que se puede leer entero en este enlace o escuchar la voz del propio autor en este otro.
En el texto de abajo mi particular homenaje: una continuación que añade otro final a la historia.
Perdonad el sacrilegio.

 

«No tardaríamos mucho en descubrir que cualquier lugar al que fuésemos acabaría siendo tomado por ellos.

Primero fue el hotel en el que nos alojamos mientras buscábamos un lugar donde vivir. Durante dos semanas no hubo nada fuera de lo común. Nos acostumbramos al ritmo de vida del huésped: desayunos abundantes, horarios estrictos de limpieza de las habitaciones, y cenas de gala, donde Irene bajaba siempre con el mismo vestido, el que llevaba el día que abandonamos nuestra casa. Claudio, el botones, ya nos llamaba por nuestro nombre de pila. De vez en cuando introducíamos en nuestra rutina una visita al bar, donde se reunían hombres de negocios a debatir sobre el futuro del mundo y amantes furtivos que abotargaban su vergüenza con mezclas de nombres sugerentes y altas dosis etílicas. Sin embargo, una noche, mientras me estaba duchando, Irene golpeó frenéticamente la puerta del baño. Salí aún con jabón en el pelo.

— ¿Qué sucede?

— Han venido —fue lo único que dijo.

No contesté, y desde lo más profundo del silencio se escucharon sus voces. Se acercaban por el pasillo.

— Tenemos que irnos.

No nos quedó más remedio que saltar por la ventana, suerte tuvimos de estar alojados en la planta baja.
Después de eso, no importaba donde fuéramos que ellos vendrían detrás. La casa de un primo segundo de Irene, un pequeño estudio que pudimos alquilar con el poco dinero que teníamos, un edificio de oficinas abandonado e, incluso, una autocaravana que se había convertido en nuestro último recurso. Aquella noche estaba yo al volante cuando los escuchamos detrás. Tuve que frenar en seco y salir dejando las llaves puestas. Cuando estábamos ya a una buena distancia Irene se echó a mis brazos.

— ¿Qué vamos a hacer? —lloraba, hundiendo los ojos en la solapa de mi abrigo.

Y no supe qué contestarle.

Ahora tenemos que dormir al raso. Vamos de lugar en lugar, por miedo a que nos sigan, y pasamos la noche en bancos, parques, puentes o campos. Sobrevivimos con lo mínimo gracias a la caridad de la gente. Irene ya no teje y se pasa los días con la mirada perdida. Apenas habla y cuando lo hace su voz es lenta y pesada.
Me pregunto qué será de nosotros cuando llegue el invierno.»


Fecha: 12.02.2019

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Relato Interactivo: El Reloj de tu Abuelo

He escrito un relato interactivo titulado «El Reloj de tu Abuelo» y que podéis leer en este enlace.

Me llegó por Twitter la convocatoria a un concurso de cuentos de Navidad organizado por Zenda Libros y no pude resistirme a escribir algo. Supongo que algo influido porque esa misma noche había visto el capítulo interactivo Bandersnatch de Black Mirror, decidí escribir mi relato dándole opciones al lector para elegir el final. La tarea fue algo difícil ya que estaba limitado a 1000 palabras (y escribí 990). Aun así, arriba podéis ver el resultado y explorar los 3 posibles finales en esta paradoja temporal.

Para los más curiosos, este fue el esquema inicial de la historia, en mi flamante pizarra recién instalada en mi estudio (sí, no destaco precisamente por la belleza de mi caligrafía…).


Fecha: 06.01.2019

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Per Aspera Ad Astra

1.

Nunca han dejado de fascinarme.

Recuerdo aquellas noches de verano, aquellas noches en las que mi padre me llevaba a ver las estrellas. Él dibujaba líneas imaginarias y me contaba historias de seres fantásticos. De héroes, gigantes, reyes y dioses. Y yo pensaba “algún día estaré cerca de ellas”. A veces, cuando San Lorenzo lloraba, contábamos sus lágrimas y pedíamos deseos. Por más que insistía, nunca me contaba los suyos, siempre me repetía que era necesario guardárselos para que se cumpliesen. Sé que él pensaba en mamá. Yo siempre pedía lo mismo.

“Algún día estaré cerca de ellas”.

Noto cómo el sudor se acumula en mi frente, hace calor y estoy muy nervioso. Intento controlar mi respiración para calmarme. El casco se empaña con cada exhalación, pero el vidrio antivaho me devuelve la visión al instante.

Ahí están. Igual de lejos que siempre, pero más cerca que nunca.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —la voz de Matt me llega a través de los auriculares. Él también está lejos, en el centro de control, pero lo siento cerca de mí. Tantos años juntos y por fin podemos cumplir nuestro sueño.

Tras sus palabras de ánimo, empieza la cuenta atrás. Al llegar al cuatro noto cómo todo lo que me rodea empieza a agitarse. En el cero el empuje me clava contra el asiento.

El cielo se va acercando poco a poco. Cierro los ojos y veo a mi padre hablándome de Orión, de Casiopea y de las Pléyades.

Un ruido de alarma me saca del trance. Las luces parpadean y los monitores se apagan.

—Houston ¿Qué sucede? —intento contactar con el centro de control.

No recibo respuesta. De repente siento un calor abrasador. El dolor dura solo unos instantes.

Espero poder formar parte de ellas.

 

2.

—Mañana va a ser un gran día —fue lo último que dijo antes de apagar la luz. Después me besó y rodeó mi cintura con su mano. A los pocos segundos ya respiraba profundamente.

Siempre he envidiado esa facilidad para conciliar el sueño.

“Mañana va a ser un gran día” me dijo, y sé que está orgullosa de mí. Yo también debería estarlo. “Jefe de Misión”. Sin embargo, no pegué ojo en toda la noche pensando en que debería estar donde estás tú. Ese, y no otro, es el lugar que me corresponde. Es mi sueño. Siempre lo ha sido.

Te veo en mi pantalla, ahí, con tu casco reluciente y tu traje blanco. Apunto de tocar el cielo, literalmente. Y no puedo evitar pensar por qué tú, y no yo. Tantos años estudiando, tantas noches sin dormir y tantos sacrificios: amigos, fiesta, viajes, novias, experiencias que me son ajenas. Al tiempo que tú, que tan fácil te resultaba todo, no hacías más que salir y disfrutar de la vida. Al final fui el primero de la promoción, pero no sirvió de nada. Sé que tú no tienes la culpa de que tenga que llevar gafas, razón suficiente para no pasar las pruebas. En todo caso la culpa se la debería echar a mi genética, a los ancestros de los ancestros de mis ancestros, pero sé que de no estar tú sería yo el que estuviese ahí sentado. Esa gloria me pertenece, y ahora va a ser toda tuya.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —y en el fondo pienso que ojalá la misión se aborte. No debería de pensar eso, es mi misión. Aun así, no puedo evitarlo.

Inicio la cuenta atrás. Al llegar al cero tu nave despega.

Es mi misión, pero es tu nave.

Veo alejarte hacia el cielo. Todo el mundo aplaude y celebra. Me quito los auriculares, me doy la vuelta y me dirijo a la puerta. Entonces, oigo un grito sobrecogedor

Me giro justo para alcanzar a ver en la pantalla cómo tu nave explota en pedazos.

Reina el caos. La gente se mueve de un lado a otro, hablan en voz alta, algunos lloran, otros se llevan las manos a la cabeza. Yo estoy quieto, en silencio, con la mirada aún fija en la pantalla. Todos esos pensamientos de antes han dado lugar a uno solo, una sola idea que ocupa toda mi mente.

Es culpa mía.

 

Per Aspera Ad Astra

Yosemite, 02/07/2013


Fecha: 01.11.2018

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