Daniel Tordera - Escritor

El Dueño del Mundo

Niña y Pájaros

¿Sabes? Yo era el dueño del mundo.

Desde el frío desierto del Sáhara hasta las grises costas de la Antártida. Todos los granos de arena, todos los copos de nieve, todos eran míos. Del primero al último. Océanos, bosques, montañas, ríos. Naciones, grandes y pequeñas, continentes enteros. No ha habido ni rey ni imperio en la historia de la humanidad que haya poseído más tierras que yo. Cuántos lo habrían dado todo por estar en mi lugar. Sin embargo, eso no era lo que más me importaba.

Tu sonrisa. Ese era mi verdadero mundo.

Aún lo recuerdo como si fuese ayer. Tu cara se iluminaba al pasar mis páginas. Cada día se repetía el mismo rito.

—Papá, quiero ser exploradora —decías señalando uno de mis mapas.

—¿Y a dónde vas a ir hoy?

Entonces hablabas de algún lugar exótico y fantaseabas con lo que podrías ver allí.

—Papá, voy a ir a Bengala y adoptar un tigre de esos blancos. Lo llamaré Pezuñitas.
—Papá, le he dicho a la abuela que me haga una bufanda para mi viaje a Islandia. ¿Sabes que la temperatura puede alcanzar los treinta y dos grados bajo cero en invierno?
—Papá, quiero ver todas estas islas pequeñitas y comer cocos de sus palmeras. Me encantan los cocos.

Muchas veces te quedabas dormida conmigo entre tus brazos. Tus padres me sacaban con delicadeza y me dejaban sobre tu mesita de noche. Era entonces cuando imaginaba esos viajes contigo. Me llevarías en tu mochila y tacharías cada lugar que visitásemos, seríamos compañeros de viaje inseparables. Pensar eso me hacía feliz. Al fin y al cabo, no existe fin más noble para un ser como yo.

 

Hace tanto tiempo de eso que me cuesta recordar detalles. Ahora estoy abandonado. Perdido entre los otros libros del salón, esos tochos que nunca nadie lee pero que quedan bonitos, como si su mera presencia en las estanterías aumentase el patrimonio cultural de la casa. No soy nada.

Mira, sé que no eres feliz. Te oigo llorar todas las noches, cuando tu marido y el niño duermen. Yo también lloro contigo. Ardo en deseos de que vuelvas a soñar al mirar mis páginas. Crees que estás atrapada en esta vida, crees que no puedes escapar y yo te pido, por favor, que lo hagas. Que las cadenas están dentro de tu cabeza, que nada te ata a este lugar triste y vacío. Un día tras otro tras otro. El eterno bucle, la desesperante rutina. Huye, antes de que sea demasiado tarde. Coge a tu niño e id a descubrir juntos el mundo. Déjame aquí si hace falta pero huye, antes de que tu tiempo se consuma y tu cabeza se llene de arrepentimiento, de ideas de lo que pudo ser y nunca fue.

 

Yo era el dueño del mundo. Y tú, tú también podrías haberlo sido.
Ayer tu hijo me cogió por primera vez. Quizás aún haya esperanza.


Per Aspera Ad Astra

1.

Nunca han dejado de fascinarme.

Recuerdo aquellas noches de verano, aquellas noches en las que mi padre me llevaba a ver las estrellas. Él dibujaba líneas imaginarias y me contaba historias de seres fantásticos. De héroes, gigantes, reyes y dioses. Y yo pensaba “algún día estaré cerca de ellas”. A veces, cuando San Lorenzo lloraba, contábamos sus lágrimas y pedíamos deseos. Por más que insistía, nunca me contaba los suyos, siempre me repetía que era necesario guardárselos para que se cumpliesen. Sé que él pensaba en mamá. Yo siempre pedía lo mismo.

“Algún día estaré cerca de ellas”.

Noto cómo el sudor se acumula en mi frente, hace calor y estoy muy nervioso. Intento controlar mi respiración para calmarme. El casco se empaña con cada exhalación, pero el vidrio antivaho me devuelve la visión al instante.

Ahí están. Igual de lejos que siempre, pero más cerca que nunca.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —la voz de Matt me llega a través de los auriculares. Él también está lejos, en el centro de control, pero lo siento cerca de mí. Tantos años juntos y por fin podemos cumplir nuestro sueño.

Tras sus palabras de ánimo, empieza la cuenta atrás. Al llegar al cuatro noto cómo todo lo que me rodea empieza a agitarse. En el cero el empuje me clava contra el asiento.

El cielo se va acercando poco a poco. Cierro los ojos y veo a mi padre hablándome de Orión, de Casiopea y de las Pléyades.

Un ruido de alarma me saca del trance. Las luces parpadean y los monitores se apagan.

—Houston ¿Qué sucede? —intento contactar con el centro de control.

No recibo respuesta. De repente siento un calor abrasador. El dolor dura solo unos instantes.

Espero poder formar parte de ellas.

 

2.

—Mañana va a ser un gran día —fue lo último que dijo antes de apagar la luz. Después me besó y rodeó mi cintura con su mano. A los pocos segundos ya respiraba profundamente.

Siempre he envidiado esa facilidad para conciliar el sueño.

“Mañana va a ser un gran día” me dijo, y sé que está orgullosa de mí. Yo también debería estarlo. “Jefe de Misión”. Sin embargo, no pegué ojo en toda la noche pensando en que debería estar donde estás tú. Ese, y no otro, es el lugar que me corresponde. Es mi sueño. Siempre lo ha sido.

Te veo en mi pantalla, ahí, con tu casco reluciente y tu traje blanco. Apunto de tocar el cielo, literalmente. Y no puedo evitar pensar por qué tú, y no yo. Tantos años estudiando, tantas noches sin dormir y tantos sacrificios: amigos, fiesta, viajes, novias, experiencias que me son ajenas. Al tiempo que tú, que tan fácil te resultaba todo, no hacías más que salir y disfrutar de la vida. Al final fui el primero de la promoción, pero no sirvió de nada. Sé que tú no tienes la culpa de que tenga que llevar gafas, razón suficiente para no pasar las pruebas. En todo caso la culpa se la debería echar a mi genética, a los ancestros de los ancestros de mis ancestros, pero sé que de no estar tú sería yo el que estuviese ahí sentado. Esa gloria me pertenece, y ahora va a ser toda tuya.

—Todos los sistemas operativos. Es la hora, buena suerte chicos —y en el fondo pienso que ojalá la misión se aborte. No debería de pensar eso, es mi misión. Aun así, no puedo evitarlo.

Inicio la cuenta atrás. Al llegar al cero tu nave despega.

Es mi misión, pero es tu nave.

Veo alejarte hacia el cielo. Todo el mundo aplaude y celebra. Me quito los auriculares, me doy la vuelta y me dirijo a la puerta. Entonces, oigo un grito sobrecogedor

Me giro justo para alcanzar a ver en la pantalla cómo tu nave explota en pedazos.

Reina el caos. La gente se mueve de un lado a otro, hablan en voz alta, algunos lloran, otros se llevan las manos a la cabeza. Yo estoy quieto, en silencio, con la mirada aún fija en la pantalla. Todos esos pensamientos de antes han dado lugar a uno solo, una sola idea que ocupa toda mi mente.

Es culpa mía.

 

Per Aspera Ad Astra

Yosemite, 02/07/2013


“El Arte de la Fuga”, Finalista al Premio Planeta

Mi primera novela, El Arte de la Fuga, es finalista del Premio Planeta 2018.
¡Gracias a los que han confiado siempre en mí!

La verdad, es que estoy sin palabras (vaya escritor…) pero prometo una entrada más extensa en los próximos días.

El Arte de la Fuga, Finalista Premio Planeta 2018

 


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